Durante los paseos en una noche de verano, el murmullo de los parques suele estar acompañado por el canto cristalino de grillos y saltamontes. Esas vibraciones acústicas viajan fugazmente por el aire y se disipan al instante, sin dejar una sola huella tangible en el entorno. Sin embargo, hace 165 millones de años, en lo profundo de las selvas del Jurásico, una criatura entonaba una melodía nupcial para seducir a su pareja. Hoy, la ciencia moderna ha conseguido devolverle la vida a aquel canto ancestral con una fidelidad asombrosa.
El 25 de agosto de 2026, la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) dio a conocer los resultados de una relevante investigación internacional. Liderado por el paleobiólogo Jun-Jie Gu, de la Universidad Agrícola de Sichuan, y con la colaboración de expertos de la Universidad de Lincoln en el Reino Unido, el equipo analizó 20 alas fósiles descubiertas en Mongolia Interior (China) para calcular y reproducir el paisaje sonoro de la era de los dinosaurios. Este hallazgo transforma la noción clásica del registro fósil: la roca no solo preserva huesos mineralizados; si los órganos fonadores logran fosilizarse, incluso el fenómeno más efímero —el sonido— puede ser decodificado por completo.
La roca no solo guarda huesos: también puede albergar una canción
Al evocar el Jurásico, solemos imaginar los bramidos de temibles carnívoros. Sin embargo, el aparato vocal de los dinosaurios estaba constituido casi en su totalidad por tejidos blandos, prácticamente imposibles de perdurar a través de las eras geológicas. En cambio, los antepasados de los katídidos (saltamontes longicornios y esperanzas del orden de los ortópteros) legaron a la humanidad la llave para abrir un cofre acústico primigenio. Sus alas anteriores estaban compuestas de quitina, el resistente biopolímero que conforma el exoesqueleto de los insectos, capaz de resistir bajo estratos de sedimentos durante cientos de millones de años.
El equipo de Gu recuperó 20 alas fósiles magníficamente conservadas en la formación Jiulongshan, en el pueblo de Daohugou (Mongolia Interior), correspondientes a nueve especies extintas. Gu señaló que, mientras la inmensa mayoría de los fósiles documentan estructuras anatómicas estáticas, estas piezas preservaron el fenómeno más fugaz de la naturaleza: la vibración acústica. Comprendiendo la mecánica física que rige el estridulado de estos ortópteros, cada ala fósil se convierte en un disco de vinilo prehistórico listo para ser reproducido.
Figura: Primer plano del fósil de un katídido macho del Jurásico hallado en China. Fuente: Science News
Dientes micrométricos que forman un violín natural
El mecanismo de emisión sonora en los machos de katídido opera exactamente igual que un violín en miniatura. En la cara inferior del ala izquierda se despliega una hilera de dientes micrométricos denominada lima estridulatoria; por su parte, en el borde del ala derecha descansa una pestaña endurecida llamada plectro o raspador. Cuando el insecto frota ambas alas con rapidez rítmica, el plectro raspa los dientes de la lima a miles de golpes por segundo, transmitiendo una serie de microvibraciones que la membrana alar amplifica por resonancia, produciendo un estridulado estridente y penetrante.
La separación entre los dientes de la lima estridulatoria mide escasas decenas de micrómetros, una fracción diminuta del grosor de un cabello humano. Tras examinar los parámetros anatómicos de 95 especies vivas de katídidos, los investigadores comprobaron una ley biomecánica constante: cuanto más corta es la hilera y mayor la densidad de los dientes, más alta es la frecuencia de vibración alar y más agudo resulta el tono. Con el auxilio de un vibrómetro láser Doppler, el equipo registró las microoscilaciones en especies emparentadas actuales, validando con total precisión la reconstrucción de las frecuencias sonoras a partir de la geometría física del ala.
Figura: Un saltamontes moderno posado sobre el follaje verde. Fuente: Science News
Reconstruyendo el coro polifónico de la selva jurásica
A partir de estas medidas métricas exactas, los científicos desarrollaron modelos de simulación por el método de elementos finitos (FEM) para despejar la frecuencia intrínseca de resonancia de las 20 alas fósiles. El análisis reveló que, en la espesura del dosel jurásico, las distintas especies se repartían bandas de frecuencia bien diferenciadas. Las de mayor porte entonaban cantos cercanos a los 5.000 hercios (5 kHz), un timbre asombrosamente similar al de un flautín moderno.
Además del tono fundamental, los investigadores recurrieron a algoritmos de aprendizaje automático para predecir el tempo y la cadencia del canto en función de la masa corporal y las temperaturas estimadas del Jurásico. En climas más cálidos, la contracción muscular de los insectos se acelera, dando lugar a un repiqueteo más veloz y continuado. La integración de todas estas variables físicas permitió recrear el mapa acústico de alta fidelidad más antiguo del que tenga constancia la ciencia terrestre.
El ultrasonido apareció 100 millones de años antes que los murciélagos
Entre las nueve especies rescatadas del pasado, hubo una que cautivó de inmediato a los expertos: Sigmaboilus peregrinus. Los cálculos evidenciaron que su frecuencia portadora alcanzaba los 20.500 hercios, rebasando el umbral de audición del oído humano fijado en 20.000 hercios. En las cálidas noches de hace 165 millones de años, la bóveda jurásica vibraba con ondas de ultrasonido completamente inaccesibles para nuestros sentidos.
En la biosfera contemporánea, los insectos recurren a las frecuencias ultrasónicas primordialmente para evadir la ecolocalización de los murciélagos. Sin embargo, este descubrimiento trastoca la cronología clásica: los primeros murciélagos conocidos no aparecieron en escena hasta el Eoceno, unos 100 millones de años después de que estos ortópteros poblaran la Tierra. La comunicación por ultrasonido en los insectos surgió mucho antes de que existieran mamíferos alados, impulsada por depredadores que acechaban a ras de suelo.
Tonos puros para eludir el fino oído de los primeros mamíferos
El análisis biomecánico reveló que los cantos de los katídidos jurásicos eran tonos puros bien definidos, con una energía sonora concentrada en una estrechísima banda de frecuencia. A diferencia de las emisiones ruidosas de amplio espectro, un tono puro al propagarse por el follaje resulta extremadamente difícil de triangular para un depredador mediante la diferencia temporal interaural entre ambos oídos. Daniel Robert, biólogo de la Universidad de Bristol, subraya que este canto puro permitía a los machos seducir a las hembras con gran alcance acústico, a la vez que velaba su posición geográfica ante los oídos de sus cazadores.
Los fósiles recuperados en los mismos estratos demuestran que en el sotobosque jurásico proliferaban ya pequeños mamíferos insectívoros similares a musarañas, dotados de estructuras cocleares capaces de sintonizar frecuencias medias y agudas. Ante una presión depredadora con un oído cada vez más afinado, los antepasados de las esperanzas impulsaron sus notas hacia el espectro ultrasónico, desatando una carrera armamentística acústica en los ecosistemas terrestres primitivos. Tal como sintetizó el paleontólogo Zhe-Xi Luo, de la Universidad de Chicago, esta hipótesis de coevolución entre canto y audición ilustra la fascinante sofisticación ecológica del pasado profundo.
Desde las microrranuras de pocas decenas de micras en un ala hasta el renacer de un concierto nupcial de hace 165 millones de años, la ciencia ha desentrañado la música latente en la roca. La arquitectura anatómica del aparato fonador (espaciado dental, superficie alar y resonancia) codificó de manera indeleble la frecuencia del canto, convirtiendo una onda sonora efímera en un fósil medible y tangible. La próxima vez que escuchemos a los insectos cantar bajo la bóveda estival, recordaremos que las piedras no solo custodian osamentas: también atesoran intacto el cantar del planeta antiguo.
Enlaces de referencia:
- Science News: A choir of katydid ancestors filled the Jurassic rainforest with song
- Artículo original en PNAS: Reconstruction of an extinct soundscape reveals ultrasonic communication in the Jurassic
- Science News: Katydids had the earliest known insect ears 160 million years ago