Los turistas que visitaron Hawái a finales del verano de 2026 comprobaron cómo los partes meteorológicos rompían las previsiones habituales. El 8 de septiembre de 2026, el huracán Lowell, de categoría 5, rozó la isla de Niihau. En Kauai, las rachas tempestuosas y las lluvias torrenciales provocaron cortes de suministro eléctrico y anegaron carreteras, mientras que vientos con fuerza de tormenta tropical alcanzaron la capital, Honolulu.
El gobierno estatal declaró preventivamente el estado de emergencia en todo el archipiélago. Que las islas afrontasen dos amenazas ciclónicas consecutivas en menos de un mes constituye un hecho excepcional. A mediados de agosto, el huracán Lala se aproximó por el este a la Isla Grande de Hawái (Big Island), desatando vientos con fuerza de huracán inéditos en la zona desde hacía 155 años.
Los residentes locales han aludido con frecuencia a un supuesto escudo invisible alrededor de las islas. Durante decenios, la inmensa mayoría de los ciclones del Pacífico se desvanecían espontáneamente antes de alcanzar tierra firme. Sin embargo, el científico atmosférico Nicholas Grondin, especialista en huracanes del Pacífico, recalca que en 2026 esa barrera natural ha quedado temporalmente inoperativa.
Una cadena de tormentas que rompe 155 años de sosiego
La temporada de ciclones del Pacífico en 2026 ha mostrado una actividad insólita. El 6 de septiembre, los satélites meteorológicos captaron una estampa extraordinaria: tres huracanes de gran intensidad formaban una hilera que cruzaba el océano. En el extremo occidental avanzaba Lowell en su apogeo de categoría 5; en el centro, Karina con categoría 4; y cerrando la comitiva hacia el este, Marie con categoría 2.
Figura: Imagen de satélite que muestra tres huracanes en fila en el Pacífico: Lowell, Karina y Marie. Fuente: NASA Earth Observatory / The Conversation
Lowell representaba la decimocuarta tormenta con nombre del año en la cuenca del Pacífico oriental. Su velocidad de avance y su trayectoria plantearon una amenaza frontal para el archipiélago. Los habitantes estaban acostumbrados a que las perturbaciones se degradaran a simples borrascas a cientos de kilómetros de distancia. Desde 1950, el único huracán mayor (categoría 3 o superior) en tocar tierra de lleno en Hawái había sido Iniki en 1992, cuyas rachas de 233 km/h arrasaron el 70% de las viviendas de Kauai.
Incluso sin impacto directo, las bandas de lluvia periféricas causan estragos considerables. En 2018, el huracán Lane no tocó tierra, pero descargó 1,47 metros de precipitaciones sobre la Isla Grande, un volumen equivalente a la altura de los hombros de una persona adulta. El acercamiento sucesivo de dos huracanes en 2026 constata un claro incremento en la frecuencia de estas amenazas.
Las aguas frías profundas como muralla natural
Que Hawái haya eludido históricamente el impacto reiterado de ciclones obedece, en primer término, a su emplazamiento geográfico. El archipiélago agrupa 137 islas y atolones diseminados en mitad de la inmensidad del océano Pacífico. En una masa de agua de decenas de millones de kilómetros cuadrados, las islas equivalen a un puñado de canicas esparcidas en una piscina olímpica: la probabilidad puramente geométrica de un choque directo es reducida.
Sin embargo, el factor decisivo siempre ha sido el segundo mecanismo de resguardo: la temperatura superficial del mar al este y al sur del archipiélago. Un huracán es esencialmente una máquina térmica que se alimenta de la energía acumulada en el océano. Solo cuando el agua supera los 26,5 grados Celsius dispone la tormenta de combustible térmico para sostenerse e intensificarse.
Figura: Mapa tridimensional de la temperatura oceánica al este de Hawái que muestra la barrera de aguas frías. Fuente: Gerard Nihous / HYCOM, The Conversation
En condiciones habituales, al este de Hawái yace una capa de agua notablemente más fría que abarca desde los 20 hasta los 1.000 metros de profundidad, un espesor mayor que varios rascacielos apilados. Al aproximarse un temporal en su viaje hacia el oeste, la capa cálida superficial adelgaza con rapidez. La rotación del ciclón fuerza el afloramiento de agua helada desde las profundidades, lo que equivale a verter agua gélida en un motor a altas revoluciones. La gran mayoría de los ciclones se asfixiaban térmicamente en esta franja fría antes de tocar tierra.
Un intenso episodio de El Niño calienta los mares circundantes
En 2026, los parámetros de este escudo hidrológico cambiaron sustancialmente. El año coincidió con un fenómeno de El Niño de gran magnitud, caracterizado por un calentamiento anómalo en el Pacífico ecuatorial. Las masas de agua cálida se extendieron hacia el este y el norte, elevando las temperaturas oceánicas alrededor de Hawái muy por encima de sus medias históricas.
Este calentamiento inutilizó el cinturón de agua fría. El huracán Lala se desplazó en agosto sobre aguas anormalmente templadas sin agotar sus reservas energéticas, manteniendo rachas huracanadas hasta rozar la Isla Grande por primera vez en 155 años.
Investigaciones de la Universidad de Hawái corroboran que los años con un fuerte episodio de El Niño registran una humedad atmosférica superior y una cizalladura vertical del viento más débil, condiciones que multiplican la tasa de génesis de ciclones y prolongan su ciclo de vida. La antigua zona de contención se convirtió de improviso en un surtidor de energía térmica.
Una vaguada en altura desvía los ciclones hacia las islas
Además de las anomalías térmicas en superficie, las alteraciones en la circulación atmosférica general desempeñaron un papel primordial. El anticiclón subtropical de Hawái, que domina habitualmente el Pacífico norte, suele desviar los frentes hacia el sur, obligándolos a pasar de largo hacia el oeste.
No obstante, en septiembre de 2026, una vaguada de bajas presiones en niveles altos descendió de manera atípica hacia el sur. Esta vaguada absorbió el huracán Lowell y lo desvió con fuerza hacia el noroeste, provocando un viraje casi perpendicular hacia el norte que lo enfiló directamente hacia el archipiélago hawaiano.
Figura: Rutas de los ciclones en 2026 en torno a Hawái con el marcado desvío al norte de Lowell. Fuente: NOAA / The Conversation
Los registros climáticos ponen de manifiesto que este tipo de giros inducidos por vaguadas son sumamente raros: solo tormentas históricas como Dot (1959), Iniki (1992) y Lane (2018) siguieron trayectorias semejantes. Cuando el sobrecalentamiento del mar coincide con corrientes de arrastre anómalas, los ciclones enfilan sin freno hacia la costa.
La transición estacional y la temperatura del mar dictan el peligro futuro
Con la llegada del otoño, el riesgo directo para Hawái tiende a declinar. A partir de mediados de septiembre, la reconfiguración estacional de los vientos en las capas altas del Pacífico norte desplazará nuevamente el foco de formación ciclónica hacia el Pacífico oriental.
El comportamiento del océano Atlántico presenta este año un agudo contraste: los servicios meteorológicos anticipan una temporada de huracanes atlánticos sensiblemente más tranquila de lo normal. Esta divergencia entre un Pacífico oriental hiperactivo y un Atlántico amortiguado constituye la huella clásica de un episodio potente de El Niño.
La variabilidad climática natural ha recalentado las aguas locales y trastocado los patrones eólicos. Que dos huracanes hayan rozado Hawái de forma consecutiva certifica la vulnerabilidad coyuntural de sus protecciones naturales. Al caldearse las aguas profundas del este y del sur, las tormentas encontraron el fuelle necesario para no apagarse a mitad de camino. Una vez restablecido el equilibrio térmico marino, el mecanismo natural de amortiguación recobrará su eficacia. Para este aislado archipiélago, las fluctuaciones térmicas del océano seguirán dictando el destino de cada tormenta.
Referencias:
- Artículo en The Conversation