En septiembre de 2026, Geby Jaff, investigador de la firma de evaluación criptoanalítica Vals AI, introdujo un criptograma histórico sin resolver desde hacía 370 años en el modelo Claude Fable 5.1. Sin intervención humana alguna, el modelo consumió 176k tokens y recuperó el texto en claro íntegro en apenas 44 minutos. Una capacidad de razonamiento de largo alcance y alto rendimiento comprimió en el tiempo de un almuerzo una tediosa labor de inspección que a los humanos les habría llevado días enteros.
44 minutos para zanjar un enigma de tres siglos
Los misterios criptográficos del pasado siempre tienen un contexto textual específico. En 1653, el noble y militar escocés Sir Thomas Urquhart, ferviente partidario de la monarquía, incluyó al final de su tratado Logopandecteision un mensaje cifrado conocido como Cyphral Distich. Este criptograma consta de dos líneas de 32 números cada una, sumando un total de 64 cifras. Las muestras de texto cifrado tan cortas presentan una resistencia natural a los ataques puramente matemáticos: ante un conjunto tan limitado de caracteres, las herramientas estadísticas clásicas carecen de asidero.
En 1899, la prestigiosa revista Notes and Queries publicó la cifra como desafío abierto y ofreció una recompensa pública por su resolución. Durante el siglo posterior, se convirtió en una espina clavada en la historia de la criptografía. El renombrado investigador de criptografía histórica Klaus Schmeh llegó a incluirla en su selecta lista de los 50 criptogramas sin resolver más importantes del mundo. Generaciones de criptógrafos de primer nivel lo intentaron todo: desde el análisis de frecuencia de letras apoyado en la estadística lingüística hasta pruebas de sustitución simple e incluso esquemas más enrevesados de sustitución homófona y polialfabética. Los expertos humanos asumieron instintivamente que se enfrentaban a un sofisticado laberinto matemático, malgastando ingentes cantidades de energía y cómputo en complejas comprobaciones algebraicas.
Fable 5.1 abordó el problema con una lógica radicalmente distinta a lo largo de esos 44 minutos. Libre de los sesgos académicos arraigados en los especialistas, no se obstinó en ningún callejón sin salida por muy prometedor que pareciera matemáticamente. Durante toda la sesión, el operador no aportó ni una sola pista o sugerencia. Este proceso plenamente autónomo y sin intervenciones confirmó una realidad tangible: en tareas de recuperación de información sobre corpus extensos, la resiliencia mecánica ante el ensayo y error posee un poder de penetración muy superior a la profundidad de un algoritmo aislado.
Figura: Interfaz de interacción del sistema utilizada por Geby Jaff para descifrar el criptograma con Fable 5.1. Fuente: Vals AI
La clave oculta en la propia disposición del libro
Cuando por fin salió a la luz el significado de los 64 números, se descubrió que la llave maestra residía en la propia organización textual del volumen. Jaff admitió en su informe con total franqueza que la solución resulta «a posteriori, bastante bochornosa para los humanos (quite embarrassing for humans in hindsight)». Un ingenioso juego de índice acróstico había burlado a generaciones enteras de eruditos, cuyos complejos marcos teóricos les habían servido de venda para no ver lo evidente.
El modelo detectó dos pistas discretas ocultas entre el mar de texto. En primer lugar, una coincidencia numérica llamativa: en las páginas previas, Urquhart había insistido con vehemencia en el número 32, señalando que «no hay número comparable al treinta y dos que pueda escogerse». Y, precisamente, el criptograma aparecía colocado justo después de 32 extensas peticiones formales («Proquiritations»). En segundo lugar, el poema que acompañaba a la cifra ofrecía una pista explícita: el autor prometía al lector sincero que encontraría allí «los deseos de su propio corazón y el pensamiento del Autor (his own heart’s wishes, and the Author’s minde)». Para un lector humano, esto podría haber parecido una mera licencia poética decorativa; sin embargo, el modelo procesó cada bloque textual con idéntica minuciosidad, sin descartar fragmentos que a primera vista parecieran accesorios.
La regla de decodificación era sumamente directa: el i-ésimo número de cada línea del criptograma correspondía a la posición de una palabra concreta dentro de la i-ésima Proquiritation; extrayendo la inicial de dicha palabra se obtenía la letra correspondiente. El texto resultante proclamaba: «O GOD UPHOLD KING CHARLS THE SECOND AND / MAKE HIM THE SUPREME RULER OF THIS LAND» (Oh Dios, protege al rey Carlos II y hazlo el soberano supremo de esta tierra) Las dos líneas de 32 letras forman un pareado con rima perfecta (and / land), encajando a la perfección con la forma poética del dístico prometido. La plegaria monárquica sintonizaba con absoluta fidelidad con la filiación política de Urquhart. Esta coherencia interna brindó al modelo una señal de recompensa indiscutible, permitiéndole converger a toda velocidad en cuanto halló la hipótesis correcta.
El cómputo pulveriza el coste de la paciencia
Fable 5.1 salvó la brecha de atención humana que durante siglos bloqueó el esclarecimiento del misterio. Jaff destacó que muchos enigmas de esta índole han permanecido irresueltos debido al estricto límite de la paciencia de los investigadores. Para descifrar un rompecabezas así, es necesario que alguien esté dispuesto a pasar horas o días leyendo documentos oscuros y poniendo a prueba hipótesis que inicialmente parecen disparatadas.
La investigación real de criptogramas históricos suele ser una extenuante guerra de desgaste. Los expertos deben enfrentarse a tipografías rudimentarias del siglo XVII, desentrañar la ortografía irregular del inglés moderno temprano y seguir infinidad de hilos documentales que desembocan en callejones sin salida. Esta meticulosa labor artesanal agota rápidamente las escasas reservas de paciencia de un investigador biológico. Cuando un especialista consagrado invierte tres días y tres noches sin avanzar un ápice, incapaz incluso de verificar las premisas básicas de una conjetura, abandonar la pesquisa se convierte en la única decisión racional.
Los grandes modelos de lenguaje han asumido este trabajo farragoso. Un volumen de 176k tokens constituye una tarea nimia y económica para los clústeres en la nube actuales. El sistema comprueba incansablemente cada bifurcación del camino hasta dar con la hebra correcta. Cuando la potencia computacional releva a los académicos en la lectura minuciosa de viejos folios polvorientos, los enigmas sepultados por el tiempo pueden resolverse de manera sistemática.
Figura: Retrato de Sir Thomas Urquhart grabado por George Glover en 1641. Fuente: Wikimedia Commons
Descifrado en cadena de un segundo criptograma de 285 cifras
El sistema cosechó nuevos éxitos aplicando idéntico principio deductivo. Tras desentrañar el primer misterio, el modelo abordó el «Cyphral Octastich», un criptograma contenido en The Jewel, obra publicada por Urquhart en 1652. Este nuevo texto contenía nada menos que 285 cifras. Su aplicación a un texto mucho más extenso validó la capacidad de generalización del algoritmo, demostrando que el éxito inicial no obedecía al azar sino a una metodología de ingeniería replicable.
En esta segunda cifra, la regla experimentó una ligera variación. En lugar de remitir a párrafos, los números hacían referencia a páginas: el k-ésimo número indexaba una palabra en la página k del libro. De las 275 posiciones legibles, el modelo acertó de forma exacta en 231 primeras apariciones, lo que supone una tasa de acierto del 84 % que certificó la validez del método. La precisión de direccionamiento de la máquina en un corpus textual voluminoso superó con creces los límites de la revisión visual humana.
En esta prueba solo nueve letras quedaron sin recuperar. En los primeros talleres de imprenta móvil eran frecuentes los saltos en la numeración de páginas, los manchones de tinta y las transcripciones defectuosas de vocablos griegos. Jaff explicó que para ajustar con exactitud esas posiciones con desviaciones de ±1 página resultará indispensable acudir a un ejemplar físico o a la edición facsímil de Jack & Lyall de 1983. Cuando la computación digital alcanza los confines de los archivos físicos, los defectos materiales de la imprenta imponen una frontera insalvable.
El coste marginal cero del ensayo y error redefine las reglas
A lo largo de los últimos meses, Jaff había intentado inducir a varios modelos punteros a resolver este tipo de cifras históricas sin conseguir un solo resultado contrastable. Las redes de inferencia simple, carentes de bucles reflexivos de largo alcance, se muestran incapaces de abordar tareas complejas que demandan sucesivos reajustes mediante ensayo y error.
Fable 5.1 redujo drásticamente el tiempo necesario para explorar vías muertas. Su esquema de resolución era diáfano: plantear una hipótesis, contrastarla contra el texto original, verificar su validez y cambiar de rumbo de inmediato ante el primer fallo. El sistema comprimió el coste marginal de errar hasta dejarlo cerca de cero. Lo que a un investigador humano le habría costado una semana de trabajo descartar, el clúster lo descartaba en un solo segundo.
Este hito pone de manifiesto la nueva realidad en las fronteras de la tecnología: con frecuencia, lo que frena el avance no es la falta de ingenio, sino la limitada energía y la quebradiza paciencia humanas. Siempre que la potencia de cómputo pueda asumir la carga masiva del ensayo y error, los viejos enigmas que exigían años de tediosa dedicación irán cayendo uno tras otro ante los agentes autónomos.
Enlaces de referencia:
- Informe de Vals AI
- Debate en Hacker News (item?id=49688695)
- Lista de criptogramas no resueltos de Klaus Schmeh