Buscar refugio en la sombra engaña: las copas de 100 metros superan en 10 °C la temperatura del aire
En una asfixiante tarde de verano, empapado en sudor tras caminar bajo un sol abrasador, casi cualquiera busca de forma instintiva la sombra tupida de los grandes árboles. Cuando el espeso follaje bloquea los rayos cegadores, la piel experimenta un alivio inmediato de frescor. Es habitual percibir estos bosques colosales como aparatos de aire acondicionado naturales que jamás se apagan. El frescor bajo las copas alimenta una intuición compartida: por mucho calor que haga, los árboles milenarios siempre conservarán la calma.
Sin embargo, durante las olas de calor persistentes, ni siquiera las copas más altas pueden frenar la radiación directa, y la temperatura del propio árbol supera silenciosamente los umbrales de seguridad. Que las hojas alcancen temperaturas mucho más altas que el aire circundante representa un dilema vital ineludible para los árboles en climas extremos. Cuando el termómetro rebasa la zona de confort humana, los inmensos seres vivos que se alzan sobre nuestras cabezas atraviesan una prueba fisiológica crítica.
Un estudio publicado en septiembre de 2026 en el Journal of Geophysical Research: Biogeosciences (JGR: Biogeosciences) por un equipo de la Universidad de California en Davis (UC Davis) revela que, cuando la temperatura ambiente roza los 40 °C, las hojas de las secuoyas pueden calentarse hasta 10 °C más que el aire que las rodea. Si la temperatura exterior llega a 40 °C, las hojas expuestas al sol se aproximan a los 50 °C. Es una temperatura comparable a la del capó de un coche oscuro aparcado a pleno sol; para tejidos vegetales vivos que dependen estrictamente del agua y de la integridad celular, el interior de la hoja entra en un sobrecalentamiento extremo.
Cerrar estomas a 40 °C para retener agua: la fotosíntesis cae a la mitad
La investigación se centró en la secuoya roja de la costa (Sequoia sempervirens), una conífera perenne gigante autóctona de la costa pacífica de Norteamérica y la especie arbórea más alta conocida en la Tierra. Un ejemplar maduro puede superar los 115 metros de altura, equivalente a un rascacielos de casi 40 plantas. Gracias a su colosal biomasa y a una longevidad que supera el milenio, han sido consideradas durante décadas el sumidero de carbono natural terrestre más formidable: almacenes biológicos capaces de absorber y fijar a largo plazo enormes volúmenes de dióxido de carbono de la atmósfera.
El motor que permite a estos gigantes almacenar tanto gas de efecto invernadero es la fotosíntesis foliar, el proceso bioquímico mediante el cual las hojas aprovechan la luz solar para transformar agua y CO2 en nutrientes y azúcares, lo que constituye la principal vía de alimentación del árbol. Mediante la fotosíntesis producen los glúcidos que sustentan su crecimiento y fijan firmemente el carbono en troncos macizos y sistemas radiculares. Sin embargo, los datos de UC Davis demostraron que cuando la temperatura ambiental pasa de 30 °C a 40 °C, la tasa fotosintética de las acículas de secuoya se desploma cerca de un 50 %.
Reducir la tasa de fotosíntesis a la mitad significa que la eficiencia diaria del árbol para transformar luz solar en alimento se reduce de golpe. Su aporte nutricional cae en picado mientras que el gasto energético por respiración celular en un entorno caluroso no deja de aumentar. A 40 °C, las secuoyas ven reducida su tasa de alimentación a la mitad, obligando a uno de los sumideros de carbono más potentes del planeta a pisar el freno.
Figura: Rayos de sol penetrando el espeso dosel de un bosque costero de secuoyas en California. Fuente: Universidad de California en Davis (UC Davis)
Subirse al techo de la furgoneta para recolectar acículas: el laboratorio desvela el frenazo metabólico
Para medir con rigor las respuestas fisiológicas de estos colosos en su entorno real, los científicos necesitaban ramas vivas. Con árboles que superan con facilidad varias decenas o un centenar de metros, las escaleras convencionales resultan inútiles. La autora principal del artículo, la estudiante de doctorado de UC Davis Lily Klinek, recurrió a una solución muy práctica: subirse al techo de su camioneta pickup con una podadora de pértiga telescópica para cortar ramas vivas de la parte baja de la copa, a unos 5 metros del suelo.
Entre julio de 2022 y octubre de 2024, Klinek y su equipo tomaron muestras periódicas en una reserva de secuoyas del condado de Mendocino (California), presenciando durante ese periodo dos olas de calor consecutivas. Las ramas recién cortadas se introdujeron de inmediato en viales con agua y se trasladaron al laboratorio para su análisis. Allí, colocaron las acículas en analizadores de gases portátiles equipados con sensores de precisión para registrar la respiración y el metabolismo foliar ante diversos gradientes térmicos.
En medio del calor extremo del bosque, el árbol activa un protocolo de emergencia para no perder agua. Las hojas están cubiertas de diminutos poros llamados estomas, microválvulas que regulan el intercambio de gases y la pérdida hídrica, actuando de forma similar a los poros del sudor. Habitualmente, las plantas liberan calor mediante la transpiración al evaporar agua a través de los estomas. No obstante, cuando llega una ola de calor seca, las acículas cierran los estomas herméticamente para evitar la deshidratación. Al clausurar la vía de refrigeración evaporativa, la temperatura de la hoja se dispara de inmediato, situándose casi 10 °C por encima del aire.
Figura: Ramas de secuoya sumergidas en agua en el laboratorio, con pinzas de medición acopladas a las acículas para registrar el intercambio de gases en tiempo real. Fuente: Science News (Fotografía: Lily Klinek)
Pasar hambre dentro del agua: el calor sofocante golpea directamente el metabolismo celular
Tradicionalmente, muchos ecólogos asumían que el bajón fotosintético de las secuoyas durante las olas de calor se debía simplemente a que, al cerrar los estomas, no podían captar dióxido de carbono. Si las entradas de aire se bloquean, la planta se queda sin materia prima y la fotosíntesis se detiene. Por tanto, se pensaba que si había agua suficiente en el suelo y los estomas permanecían abiertos, los árboles amortiguarían el calor gracias a su inmenso porte.
El equipo de Klinek llevó a cabo en el laboratorio un experimento de control revelador. Sumergieron las ramas de secuoya en agua e inyectaron CO2 continuo directamente en la cámara foliar, manteniendo los estomas abiertos y garantizando un suministro inagotable de carbono. En esas condiciones óptimas sin ningún estrés hídrico, al elevar la temperatura de 30 °C a 40 °C, la tasa fotosintética volvió a desplomarse alrededor de un 50 %.
Este resultado demostró que, al margen del peligro de deshidratación por falta de agua, el propio calor sofoca los procesos metabólicos bioquímicos de las células vegetales. Como subrayó Klinek en su publicación, cuando un árbol no logra asimilar suficiente carbono, entra técnicamente en un estado de inanición. El calor excesivo deprime de forma directa la eficiencia metabólica celular; aun con agua y carbono ilimitados, los árboles gigantes pasan hambre bajo el rigor térmico.
La niebla marina desaparece: los almacenes naturales de carbono de California pierden fuelle
Las secuoyas rojas han resistido miles de años de evolución gracias al singular microclima oceánico y fresco del litoral californiano. Su hábitat natural es sumamente estrecho: una franja húmeda a lo largo del océano Pacífico que va desde el centro de California hasta el sur de Oregón. Históricamente, la temperatura media estival en estos bosques rondaba apenas los 15 °C, y las brisas marinas permitían un crecimiento sosegado.
En aquellos periodos templados, la densa niebla costera del Pacífico constituía su principal fuente de hidratación. Las secuoyas atrapaban las microgotas de la niebla con sus acículas más altas para mantener su descomunal equilibrio hídrico. Pero con olas de calor cada vez más frecuentes e intensas, las temperaturas veraniegas en parte de su hábitat han superado ya los 40 °C en repetidas ocasiones, y el aire abrasador disipa con rapidez la capa matinal de niebla de la que dependen.
El desafío es aún más inquietante si se tiene en cuenta que los investigadores solo pudieron analizar ramas situadas a 5 metros de altura. Las copas centenarias que se yerguen a casi cien metros del suelo soportan durante toda la jornada una radiación solar directa y vientos secos mucho más severos, sufriendo un estrés térmico probablemente muy superior al registrado a ras de suelo. Al desconocerse aún el umbral exacto de temperatura que desencadena la necrosis irreversible de sus tejidos, una incertidumbre sombría planea sobre el porvenir de estos bosques ancestrales.
Este hallazgo lanza una seria advertencia a los planes climáticos que confían en los bosques como sumideros naturales de gases de efecto invernadero. Cuando 40 °C de calor reducen la fotosíntesis de las secuoyas a la mitad y hojas 10 °C más calientes que el aire frenan en seco su metabolismo celular, los colosos pasan de ser formidables escudos climáticos a organismos desnutridos que batallan por sobrevivir. El continuo ascenso térmico global amenaza con arrebatar a los mayores almacenes naturales de carbono de la Tierra su capacidad de frenar el calentamiento.
Enlaces de referencia:
- Reportaje en Science News
- Comunicado oficial de prensa de UC Davis
- Publicación científica en Journal of Geophysical Research: Biogeosciences