Tu cerebro son dos órganos ensamblados: la costura evolutiva de 550 millones de años que descubrió Stanford

Tu cerebro son dos órganos ensamblados: la costura evolutiva de 550 millones de años que descubrió Stanford

NeurocienciaBiología EvolutivaStanford

Fuentes:HN + web research

El experimento fallido de una estudiante de verano que derribó los libros de texto

Una estudiante de grado en una estancia de verano en el laboratorio de biología del desarrollo de Kyle Loh, en la Universidad de Stanford, echó a perder un experimento rutinario: intentaba generar neuronas del rombencéfalo (el cerebro posterior) en una placa de Petri, pero no creció absolutamente nada. Aquel cultivo fallido no acabó en la papelera. El equipo de Loh decidió indagar en las causas de la anomalía hasta publicar un hallazgo trascendental en la revista Nature Neuroscience: la parte delantera y la trasera del cerebro de los mamíferos proceden de dos poblaciones de células progenitoras completamente distintas. Desde los primeros compases del desarrollo embrionario, nuestro prosencéfalo y nuestro rombencéfalo transitan por vías enteramente independientes.

El consenso derribado era muy concreto. Durante décadas, los neurobiólogos asumieron como verdad incuestionable que todas las neuronas del sistema nervioso central derivaban de un único grupo homogéneo de progenitores del neuroectodermo. Se aplicaban los mismos protocolos para diferenciar células madre en neuronas de la zona anterior o posterior; las neuronas del prosencéfalo proliferaban sin dificultad, mientras que los intentos con el rombencéfalo fracasaban sistemáticamente. A prácticamente nadie se le ocurrió pensar que se estaba partiendo de un tipo celular equivocado desde el principio.

Embrión de ratón de 9,5 días: la parte anterior del cerebro teñida en azul y la posterior en rojo extendiéndose a la médula

Figura: Embrión de ratón de 9,5 días; el área azul corresponde al prosencéfalo y mesencéfalo, mientras que el área roja señala el rombencéfalo y la médula espinal. Fuente: Laboratorio Loh, Stanford Medicine

Dos linajes celulares, dos rutas de desarrollo independientes

Los investigadores de Stanford hallaron la clave en embriones tempranos de ratón (a los 9,5 días de desarrollo). El cerebro se origina a partir de dos linajes diferenciados de progenitores tempranos, células con una capacidad de autorrenovación limitada. Un grupo expresa el factor de transcripción OTX2 y se encarga exclusivamente de formar el prosencéfalo y el mesencéfalo; el otro expresa el factor de transcripción GBX2 y genera de forma estricta las neuronas del rombencéfalo. Ambos programas genéticos se separan desde el minuto uno.

Dicho de forma llana: los ladrillos con los que se construye el cerebro anterior y los que dan forma al cerebro posterior son materiales por completo diferentes. Pretender que los progenitores del prosencéfalo generen estructuras del rombencéfalo equivale a intentar forjar acero usando madera: las herramientas y la materia prima no encajan a nivel molecular. A continuación, el equipo repitió los ensayos con células madre humanas y comprobó que el cerebro humano sigue con exactitud el mismo principio. En palabras de Loh: «Hemos demostrado por primera vez que la parte frontal del cerebro procede de una célula progenitora totalmente distinta a la de la parte trasera».

Una arquitectura ensamblada con más de 550 millones de años de historia

Si este doble origen hubiera sido una rareza aislada de ratones y humanos, el alcance del descubrimiento habría sido modesto. Sin embargo, el equipo de Loh analizó embriones tempranos de pollo, pez cebra y gusanos bellota (enteropneustos), descubriendo que sus sistemas nerviosos también brotan de dos grupos independientes de progenitores. El gusano bellota es un invertebrado marino cuyo último ancestro común con los seres humanos vivió hace unos 550 millones de años, en los mares del Cámbrico. La arquitectura de doble origen para edificar un cerebro ya estaba plenamente operativa entonces.

Un contrapunto revelador lo ofrecen las medusas. Su linaje se separó del nuestro hace entre 600 y 700 millones de años, y todavía hoy conservan dos redes nerviosas independientes y físicamente desconectadas. Loh plantea la hipótesis de que, en los ancestros remotos de los bilaterales, estos dos sistemas acabaron arrastrados hacia un mismo espacio físico y fusionados en un solo órgano porque la proximidad anatómica multiplicaba la velocidad de comunicación. Loh lo resume así: «Probablemente habría sido más eficiente construir el cerebro como un único órgano homogéneo, pero seguimos dependiendo de este método primitivo de ensamblar el cerebro a partir de dos piezas separadas». En otras palabras: el cerebro humano se parece a dos viejos ordenadores metidos a la fuerza en la misma torre; comparten el bus de datos, pero sus placas base jamás llegaron a unificarse.

Esquema del desarrollo del sistema nervioso

Figura: Esquema del desarrollo temprano del sistema nervioso. Fuente: Wikimedia Commons

El rombencéfalo mantiene la vida para que el prosencéfalo pueda permitirse el error

¿Por qué estos dos sistemas no llegaron a fusionarse en un único programa embrionario? Loh apunta a una estricta división del trabajo. El rombencéfalo gestiona las funciones vitales autónomas: la respiración, el ritmo cardíaco, los ciclos de sueño y el acto de tragar y alimentarse. Procesos basales para la supervivencia inmediata donde el margen de error es cero. Que el corazón se detenga unos segundos es una catástrofe; un fallo en la respiración resulta letal al instante. Al blindar el rombencéfalo estas tareas críticas sin margen de fallo, el prosencéfalo obtuvo un activo evolutivo colosal: margen para el ensayo y el error.

Según la hipótesis de Loh, la evolución tuvo vía libre para «experimentar y cometer fallos en el cerebro anterior, lo que con el tiempo dio lugar a funciones mucho más sofisticadas como la memoria y la creatividad». Aunque planteada con cautela científica, esta idea ofrece una perspectiva fascinante sobre la cognición humana: las facultades superiores de las que nos enorgullecemos —el lenguaje complejo, el razonamiento abstracto, la creación artística— solo pudieron florecer porque se desarrollaban en una zona donde el error no costaba la vida. El rombencéfalo asumió todo lo que no podía fallar, otorgando al prosencéfalo la licencia para arriesgarse.

Elegir la célula adecuada: nacen las primeras neuronas del rombencéfalo en una placa de Petri

Corregir el marco teórico trajo de inmediato una revolución metodológica. La causa de los continuos fracasos a la hora de cultivar neuronas del rombencéfalo en laboratorios de todo el planeta ha quedado por fin al descubierto: se empleaban sin descanso progenitores OTX2 (programados para convertirse en cerebro anterior y medio) con la vana esperanza de forzarlos a ser rombencéfalo. En cuanto el equipo de Loh cambió a progenitores GBX2, logró por primera vez en la historia cultivar neuronas motoras funcionales del rombencéfalo humano en el laboratorio.

El impacto para la investigación biomédica es inmediato. Enfermedades neurodegenerativas devastadoras como la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y la atrofia muscular espinal (AME) provocan graves dificultades para hablar y tragar, atacando con virulencia las motoneuronas del rombencéfalo y del tronco encefálico. La imposibilidad de cultivar estas células in vitro privaba a la comunidad científica de modelos celulares elementales para ensayar tratamientos. Otro campo ampliamente beneficiado es la investigación de los fármacos agonistas del receptor de GLP-1. Recientemente se descubrió que los medicamentos para la pérdida de peso como la semaglutida (Ozempic y Wegovy) inhiben el apetito actuando sobre circuitos neuronales situados en el rombencéfalo de los ratones. Poder cultivar estas neuronas a gran escala permitirá averiguar con exactitud milimétrica sobre qué subtipos celulares operan estos fármacos y qué rutas moleculares desencadenan.

La evolución no busca la perfección, solo apaños que funcionen

El hallazgo del laboratorio de Stanford desmonta una creencia firmemente arraigada: la idea de que el cerebro es un órgano diseñado con pulcritud como una unidad armónica. En realidad, se trata de dos redes nerviosas primitivas que se distanciaron hace al menos 550 millones de años y que terminaron embutidas en el mismo cráneo. La costura sigue ahí, intacta: prosencéfalo y rombencéfalo parten de progenitores distintos, trazan caminos de desarrollo dispares y exigen protocolos de cultivo radicalmente opuestos. La evolución no persigue el diseño óptimo; se conforma con cualquier solución de compromiso que mantenga al organismo con vida. El experimento fallido de aquella estudiante de verano demostró algo elemental: a veces, darse cuenta de que se transita por el camino equivocado es infinitamente más valioso que empeñarse en recorrerlo diez años más.

Enlaces de referencia:

  • Publicación original en Nature Neuroscience
  • Reportaje de New Scientist
  • Debate en la comunidad de Hacker News